Por: Eusebio Ruiz Ruiz.
Uno de los acontecimientos de mayor gloria en la antigua Roma era cuando un general entraba victorioso por las calles de la capital del Imperio Romano, se le concedía el más alto honor militar, se trataba de un desfile monumental para que autoridades y multitud celebraran el triunfo sobre un enemigo extranjero.
Dos condiciones debían cumplirse para que el general y su ejército tuvieran un merecido recibimiento: Haber vencido al enemigo en una guerra justa y que en el enfrentamiento hubieran muerto un mínimo de 5,000 integrantes del ejército rival, así era en aquel contexto histórico, hoy esto no suena nada bien.
El recibimiento glorioso se iniciaba en el Campo de Marte, entraban a Roma por el Arco del Triunfo, después llegaban al Capitolio, sede religiosa y política, allí rendían culto al dios Júpiter, en ese lugar el ejército victorioso mostraba los frutos de su triunfo: Riquezas robadas, armas del enemigo, prisioneros capturados, estatuas y pinturas como signos de las batallas ganadas.
La figura central era la persona del general victorioso, ese día era homenajeado, su popularidad y su poderío opacaban al emperador, un día duraba el festejo, “un día de rey” en que se glorificaba a Roma y se humillaba al enemigo.El general iba en un carro jalado por cuatro caballos, vestía una túnica bordada en oro y una toga púrpura, llevaba una corona de laurel, su cara estaba pintada de rojo, similar a la estatua de Júpiter en el Capitolio.Ante tantos honores se corría el riesgo de que el general se ensoberbeciese, aprovechara su poderío y tumbara del trono a la máxima autoridad.
Sin embargo, el general y su ejército recibían los honores que merecían.Ante este peligro, el emperador Cayo Julio César Augusto tomó sus precauciones, ordenaba que un esclavo casi pegado a la espalda del general le fuera susurrando constantemente y al oído: “Respice post te! Hominem te esse memento!” (¡Mira hacia atrás! ¡Recuerda que sólo eres un hombre!), después hacía una pausa y añadía: “Memento mori, memento mori” (Recuerda que debes morir, recuerda que debes morir), así al general le quedaba claro lo pasajero del triunfo y la fragilidad humana.
El emperador nos hace pensar en esas personas que tienen miedo y envidia de otras que, con sus talentos y su buen trabajo sienten que les hacen sombra, saber aprovechar las capacidades de otros para que todo mundo resplandezca y se logre el mayor bien, es mucho más inteligente que andar con temores y celos. El que sabe realizar su labor nunca debe ser visto como un estorbo ni como un rival, con sencillez se le debe dar su lugar, “honor a quien honor merece”.
El general victorioso puede representar a esos que por sus logros se sienten especiales, superiores e indispensables, jefecillos engolosinados por un cargo o carguillo, se olvidan que tienen compañeros, que caminan junto con ellos y que sus puestos o triunfos en muy buena medida dependen de su “ejército”.
Sobran esas multitudes novedosas que únicamente saben aplaudir y gritar vivas. ¡Cuánto daño hacen! ¡Cuánta faltan hacen los “esclavos”!, esos amigos sinceros que hablan con la verdad, que ubican en la realidad y evitan que los que transitoriamente están ocupando un puesto anden viajando por las nubes. No olvidemos que todo es temporal.
Que el lector agregue más enseñanzas fruto de sus brillantes reflexiones.



