Por: Eusebio Ruiz Ruiz.
El decálogo divino se escribió entre los años 1650 – 1230 a.C., imposible establecer un año exacto. ¿Seguirá vigente o ya es cosa del pasado?
Comento siete acontecimientos.
En el Estado de México, dos presidentes municipales, Juana Carrillo Luna y Luis Domingo Zenteno Santaella, de Cuautitlán y Teoloyucan, respectivamente, cada uno con su gente, quisieron arreglar sus conflictos territoriales, primero a empujones y luego a balazos.
Después de unas copas en fin de semana, dos hermanos discuten, uno de ellos acciona un arma de fuego, dispara y el otro cae muerto. El asesino huye, viene el remordimiento, regresa al lugar del crimen, pide perdón a su madre y se entrega a la autoridad, los hechos ocurrieron en Matamoros, Tamaulipas.
Un bebé recién nacido fue abandonado en un baño público, lo encontraron en un cesto de basura, trataron de salvarlo, murió 3 días después de ser encontrado. Otro bebé de 4 meses fue abandonado en la calle, se encuentra estable, sus padres ya están en la cárcel. Ambos casos fueron en la Ciudad de México.
En el Senado de la República hubo golpes entre legisladores, los protagonistas fueron Rafael Alejandro Moreno Cárdenas y José Gerardo Rodolfo Fernández Noroña.
En Minneapolis, Minessota (EE UU), en la iglesia de la escuela católica Annunciation, los alumnos se encontraban en Misa, un joven abrió fuego contra ellos, mató a dos niños, hirió a 17 personas, 14 eran menores, el atacante se suicidó.
En Morelia, Michoacán, un joven presuntamente asesinó a martillazos a su propia madre.
Seis de estos hechos sucedieron entre los días del 24 al 28 de agosto, el pleito entre los alcaldes fue dado a conocer el primer día de este mes.
Nada de esto debió haber ocurrido, pero, ocurrió. Practicar los 10 mandamientos es esencial en nuestros días, a veces, lo fundamental se nos olvida. Tenía razón el político, escritor y filósofo español Juan Vázquez de Mella y Fanjul (1861-1928), cuando se refirió al decálogo divino: “es el código perenne del progreso, fuera de él no hay más que barbarie, aunque esté oculta con todos los esplendores de la más refinada cultura”; mientras Dios y sus mandatos no importen, hechos como estos -o peores- se repetirán, pues como escribió Dostoievsky y lo reafirmó Sartre: “Si Dios no existe, todo está permitido”.
El decálogo es ley natural, útil para que los individuos, las familias, la sociedad y las naciones puedan vivir en paz, en armonía y con dignidad; los mandamientos divinos enseñan la verdadera humanidad del hombre, destacan los deberes esenciales, en consecuencia se valorizan los derechos fundamentales e inherentes a la naturaleza de la persona. No se oponen a la dignidad humana, la fundamentan.
Los diez mandamientos de la ley de Dios no son prohibiciones caprichosas para controlar conciencias, impedir la libertad, reprimir a las personas o inculcar temor, nada de eso; se trata de preceptos que fundamentan sólidamente a la moral individual y social.
Una moral sin fundamento divino, por muy buena que parezca, se rompe cuando nos damos cuenta que es una obra de nuestras propias manos, es entonces cuando “cada uno obrará según sus gustos” (Benezech).
Organizar una sociedad sin Dios, sin decálogo, equivale a establecer un mundo en contra del mismo hombre, las mayores tragedias ocurren por rechazar los mandamientos de Dios. Con la práctica del decálogo divino la sociedad marcha bien.
Cada mandato divino no es únicamente útil para el creyente, su utilidad es para todos en general, la razón es porque practicarlos lleva al bien, a una vida civilizada, sensata, equilibrada, razonable y prudente; no seguirlos lleva al mal, al absurdo, a la náusea, a la angustia, a la soledad, al vacío, a la esclavitud, a la perdición, a la inmadurez, al sin sentido, a la tristeza.
Una persona es más feliz, más libre, más sana y más madura, cuando acostumbra cumplir los mandamientos que cuando tiene como hábito quebrantarlos.
Los tres primeros preceptos se refieren al amor y respeto a Dios: 1º Amar a Dios sobre todas las cosas, 2º No tomarás el nombre de Dios en vano y 3º Santificarás las fiestas.
Del cuarto al décimo están relacionados con el buen trato, amor y respeto por uno mismo y hacia los demás: 4º Honrarás a tu padre y a tu madre, 5º No matarás, 6º No cometerás actos impuros, 7º No hurtarás, 8º No levantarás falso testimonio ni mentirás, 9º No consentirás pensamientos ni deseos impuros y 10º No desearás los bienes ajenos.
Lo que cada mandamiento comprende es bastante amplio, pídale a su pastor, hermano, religioso, religiosa o sacerdote que prepare y exponga un curso de Teología Moral para todo el que quiera asistir, o bien, un curso de Ética en donde se hable de los deberes que se tienen con el cuerpo, con el alma, con los demás y con Dios, ponga a trabajar a su guía espiritual, hágalo por el bien de toda la sociedad, es urgente encender velas que iluminen la obscuridad en que vivimos, ¿no cree usted?
Si el lector tiene aversión por Dios y/o la religión, no lo juzgo, sus razones tendrá, pero, Dios, sus mandamientos y la religión no dañan, benefician, el rechazo puede ser más bien por el fanatismo, el fideísmo, los prejuicios, el pésimo comportamiento de unos pocos y los graves escándalos que causan.
Cumplir los mandamientos de la ley de Dios a la perfección, imposible, somos seres humanos; esforzarnos en practicarlos, eso sí se puede; ¿cuesta trabajo?, sí cuesta, habrá cosas que se dificulten, otras que se faciliten; ¿son obligatorios?, no, es una propuesta que si se acepta permite vivir bien con uno mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios. En esto vale la pena seguir la enseñanza de san Agustín de Hipona: Dios te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas o decirle, con mucha confianza “dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”.
“Mis mandatos son luz de los pueblos” (Isaías 51,4).