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El gobernante desnudo

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El gobernante desnudo

Por: Eusebio Ruiz Ruiz.

Gobernaba un extenso territorio, su autoridad era absoluta,  fieles funcionarios colaboraban con él para dirigir buen número de reinos, era todo un emperador, rey de reyes, jefe de jefes, ¡una deidad! y un ser humano que, llegado el día, fenece.

El traje nuevo del emperador” es un cuento escrito por el danés Hans Christian Andersen (1805-1875), publicado en 1837, se lo contaré a mi manera, que algo de provecho encuentre el lector y el que esto escribe.

Al emperador le gustaba vestir con la máxima elegancia, siempre lucía los mejores trajes, cada día estrenaba y presumía uno distinto, era lo que más le importaba, la avaricia cegaba su buena inteligencia, el afán desmedido de adquirir y poseer trajes elegantes era su mayor debilidad, se le olvidaba que la vida no dependía de la abundancia de prendas.

El bienestar del pueblo, las buenas relaciones, el ejército, la educación, la cultura, la economía, la seguridad, la salud, el turismo…, nada era tan importante como el buen vestir.

A su reino llegaron dos truhanes, de esos que hoy abundan, se hacían pasar por expertos tejedores, aseguraban que sabían tejer las mejores telas, afirmaban que era sorprendente la belleza con la que lo hacían, al grado de que las prendas podían ser vistas únicamente por los inteligentes, en cambio, para los tontos se volvían invisibles.

La noticia llegó a los oídos del emperador, se puso en contacto con los dos personajes, pidió que le confeccionaran un traje, ¡era la vestimenta que le faltaba!, andaría bien vestido,  además, distinguiría quiénes eran las personas estúpidas de su imperio y quiénes eran los inteligentes.

Aquellos estafadores estaban ante la posible e ideal víctima; los tesoros que tenía, la ceguera que le provocaba su avaricia, el valorizarse por la ropa que vestía, ¡de marca!, como dicen hoy, sentirse lo más alto de la excelsa clase social, lo colocaban en la mira.  Para lograr engañar son necesarios los prejuicios, la avaricia y la ceguedad intelectual del que puede ser víctima, tres características que poseía el emperador.

Un exgobernante de otro pueblo se quejaba mucho de sus detractores y adversarios, lo mismo hacía el emperador. El nuevo traje le permitiría demostrar que los opositores eran los tontos, en cambio, los listos, los que sí verían su hermoso traje, estaban con él.

Una gran idea tuvo el emperador: ¡Estrenar el nuevo traje en el desfile anual! El fraude presentado como vestimenta visible para el listo e invisible para el estúpido era su obra emblemática, la megaobra, serviría para desenmascarar a sus enemigos,  los evidenciaría ante el pueblo inteligente.

El emperador pagó una fuerte cantidad de dinero a los estafadores, les hizo llegar los cortes de tela y los hilos de mayor precio, calidad y belleza. 

Pasaron algunos días, el senador más capaz del imperio, que era un simple funcionario decorativo,  fue enviado a revisar el avance del extraordinario traje.

El alto miembro del senado se presentó ante los supuestos tejedores, ellos hacían como que le mostraban cada pieza del traje, ante sus ojos no había nada, aunque, aparentaba estar deslumbrado con tanta belleza.

Engañar, ocultar o distorsionar la realidad son una falta de respeto a las capacidades intelectuales, sin embargo, el senador se quedó mudo por el que dirán, lo calificarían de estúpido y luego le harían memes, su silencio era de complicidad.

El funcionario contó al emperador los avances significativos de su traje y lo extraordinariamente bello que iba quedando, por supuesto que fingió muy bien al comentarle cada detalle de la vestimenta, como buen político tenía facilidad para engañar, igual como lo hacían los estafadores, su mensaje se ajustó a lo que el emperador quería escuchar.

Los dos pillos pidieron valiosas joyas, gran cantidad de dinero, más seda y una habitación lujosa para poder seguir trabajando, las peticiones se concedieron, después de todo el traje iba quedando increíble.

Días después, el emperador envió a otro servidor público de alto rango, sucedió lo mismo, no vio nada, simuló ver e incluso alabó la belleza del supuesto traje, regresó con el emperador y también lo engañó. Raro que le den atole con el dedo a un gobernante, ¿verdad?

Llegó el momento en que el emperador fue a ver y a medirse su maravilloso traje, lo acompañaban los personajes más distinguidos del gobierno; los dos sinvergüenzas se lo mostraron, claro que nadie veía nada, aun así, el emperador dijo: “Que bellísimo es mi traje”.Arthur Schopenhauer escribió: “El hombre pretende hacer de todos sus deseos la verdad”, el deseo y la necedad ciegan a la razón.

Empezaron las alabanzas y mentiras: ¡Que bien le sienta! ¡Le quedó estupendo! ¡Que belleza! ¡Hermoso colorido! ¡Es un traje precioso! ¡Está bellísimo! Así sucede muchas veces, se tienen ojos y no se ve, se sigue lo incorrecto, aunque se conozca lo correcto, se niegan verdades obvias, según se crea conveniente; ceguera espiritual, le llaman algunos.

Decir la verdad y reconocerla es fundamental, sin embargo, la presión de los demás, y el miedo a parecer ignorante se imponen. Después de esto se pasa a la práctica de los consejos nazi de Joseph Goebbels: “Repite una mentira con suficiente frecuencia y se convierte en verdad”, “cuanto más grande sea una mentira, más gente la creerá”, “de tanto mentir, algo quedará”. ¿Cuántas mentiras estaremos aceptando como verdad por repetirse continuamente?, ¿cuáles serán?, ¿se podrá hablar de ceguera social?

Por fin llegó el día, el emperador estrenaría su traje, se celebraba un aniversario más de su imperio, habría una gran marcha que culminaría con discursos narcisistas y exhibicionistas. El gran jefe quería fortalecer su ego, mejorar su imagen, buscar la aprobación de sus seguidores y seguir engañando, al fin que la retórica se acomoda a lo que la mayoría le encanta escuchar; la multitud estaba deseosa de ser engañada, estaría aparentemente atenta a la palabrería y aceptaría ser tratada como si fuera de escasa inteligencia, aunque muy en el fondo no creyera lo que se decía, total las falsas esperanzas son necesarias por ser consoladoras.

Los dos bribones le ayudaron al emperador a despojarse de sus vestiduras y fingieron entregarle y colocarle una a una las piezas del traje imaginario.

El desfile inició, el emperador lo encabezaba, en calles, azoteas, puertas, balcones y ventanas lanzaban vivas al emperador y admiraban el supuesto y elegante traje, todo el pueblo fingía ver la vestimenta. “El pueblo quiere ser engañado, por tanto, que sea engañado”, escribió el renacentista Carlo Carafa y los gobernantes quieren oír y compartir la ilusión de que todo está bien, la típica frase: “no pasa nada”.

La mayoría no siempre tiene la razón, en muchos casos la opinión mayoritaria es fuerza y poder incuestionable, no necesariamente verdad, no se verifica si es lo correcto, se acepta ciegamente, se sigue la corriente. La verdad no es verdad por el solo hecho de que así lo piense o lo crea todo el mundo. En el cuento, todos los tontos, que fingían ver el traje para aparentar ser inteligentes, eran superioridad numérica.

El emperador caminaba con su traje ficticio, sin embargo, alguien tenía que romper con la falsedad, entre la multitud un menor gritó: “¡El emperador va encuerado, no lleva nada!”, algunos trataron de silenciar la voz incomoda del pequeño, una maestra con fuerte y firme voz exclamó: “¡El niño tiene razón, el emperador va desnudo!”, la gente empezó a salir de su  miedo y a librarse del que dirán, iniciaronlos  gritos y las burlas: “¡No lleva nada!”, “¡va desnudo!”, comenzaron a decir la verdad, después de todo el ser humano no tiene derecho a ser irracional.

El emperador se inquietó, sintió temor y vergüenza -en ese tiempo los políticos sí conocían la vergüenza-, pensó que el pueblo tenía razón, sin embargo, se irguió, se sobrepuso, creció su arrogancia y los chambelanes continuaron portando la inexistente cola del traje.

Sí, el pueblo tenía razón, pero el emperador jamás se equivoca, oía lo que la gente gritaba, no atendía sus voces.  Él siguió encabezando el desfile, todos eran tontos, por eso no podían ver el bellísimo traje que vestía, él era el inteligente. Lo imperdonable en un gobernante es que tenga una percepción equivocada de la realidad, por eso debe ver desde distintos ángulos, pues no se puede ver igual desde la torre del palacio que desde jacal del campesino.

La seguridad, la arrogancia y la autoridad del emperador provocaron que muchos siguieran creyendo que iba vestido, aunque la realidad es que iba desnudo, así, anestesiados e inertes, seguirán. Al final el necio solo caerá.

¿Y los truhanes? Se llevaron el dinero, las joyas, los telares y todo el material que habían pedido para hacer el traje, vendieron la lujosa habitación, dicen que se abrió una carpeta de investigación, no hay detenidos, ¿será por la impunidad? Cuídese de los falsos “sastres”.

¿Por qué la gente no veía que el emperador no llevaba ropa?, preguntó el niño a su maestra.

La educadora citó a Umberto Eco y respondió: “A veces pienso que el calentamiento global está achicharrando la sesera de la gente”.

Sí maestra, ya es hora de que el pueblo despierte del sueño, dijo el niño. Se tomaron de la mano y se fueron caminando juntos, no se esperaron a los discursos finales.

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