
Por: Eusebio Ruiz Ruiz
Hace muchísimos siglos, el buen Padre Dios y la hermosa Madre Naturaleza –que también es buena- platicaban alegremente, como solo ellos dos pueden hacerlo. De pronto dijo Dios: “Hagamos al hombre”, ¡sí, yo pongo la materia y tú le infundes vida!, contestó entusiasmada la Naturaleza, y así fue.
Ya creado el hombre, se dio cuenta que tenía dos oídos y una boca, Dios y Naturaleza le explicaron: es para que escuches más y hables menos, condiciones necesarias para que puedas dialogar con tus semejantes.
El ser humano –como siempre de rebelde y testarudo- nunca quiso callarse, hasta por los codos arrojaba las palabras, como radio encendido que exige ser escuchado, así es hasta el presente. ¡Quién no conoce a una persona que nunca se calla!, eso sí, los oídos le funcionaban muy bien, oía, pero no escuchaba.
Entonces Dios y la Naturaleza se dieron cuenta de que era necesario elaborar el decálogo de la escucha, se sentaron una tarde y empezaron a escribir:
- Desde que estás en el seno de tu madre tendrás la capacidad de escuchar, y a los 6 meses de gestación ya conocerás la voz de tu madre.
- Para escuchar es necesario el silencio, practícalo.
- No olvides que oír es un fenómeno biológico, escuchar es estar paciente y atento al interlocutor.
- Si quieres aprender el arte de bien hablar, primero practica el arte de bien escuchar.
- Escucha para que tengas diálogos auténticos.
- Cuando escuchas estás ante la presencia sagrada del otro.
- Despójate del egoísmo, quédate en total disposición, sonríe, sé amable, atiende con el corazón.
- Respeta los sentimientos, afectos, ideas y diferencias del otro.
- Silencio para que te escuches a ti mismo.
- Silencio para que puedas escuchar a Dios y a la Madre Naturaleza.
No olvides que, si una relación fracasa, sea familiar, laboral, de amistad, de matrimonio, de novios, de compañeros, de vecinos, es porque antes fracasó la capacidad de escuchar.